De regreso a clases: faltan nombres en la lista

La vuelta a la escuela nos generaba caras largas y pocas ganas de ir. Hoy, ¿nos damos cuenta de lo afortunados que somos de haber podido sentarnos cada día en nuestro pupitre?

Volvamos al primer día de clases de cada año. El momento en el que sonaba el despertador o alguno de nuestros padres nos despertaba para desayunar. Seguro no había una sonrisa ni desbordaban ganas de volver a la escuela.

Es verdad que reencontrarse con los amigos era una gran noticia. Pero uno quería seguir disfrutando de las vacaciones, no sentarse en el aula, no tener que estudiar.

Durante el año, seguro, esperábamos que pasaran los días hasta terminar el ciclo y volver a las vacaciones. Tal vez buscábamos excusas para faltar a algunas clases o estábamos ansiosos por cada recreo.

¿Está mal? Claro que no, ¿a quién no le gusta el merecido descanso? Es perfectamente normal y humano.

Pero tomémonos un momento y pensemos en algo que no es (o no debería ser) normal: jóvenes que no pueden ir a la escuela.

Muchos son excluidos del sistema educativo y viven una situación opuesta a la que describimos recién. Quieren ir a la escuela, pero no pueden.

Ellos darían todo por la oportunidad de aprender. Sabiendo eso: ¿nos damos cuenta de lo afortunados que somos cada uno de los que tuvimos y tenemos la oportunidad de formarnos?

Algo más que un pizarrón y bancos

Hay más de 260 millones de jóvenes que no van a la escuela en el mundo. Para ellos, que suene el despertador o que su padre y madre lo despierten para desayunar e ir al colegio es un sueño y anhelo.

No hace falta irse a regiones alejadas sino que cerca, en nuestras ciudades, esta realidad está presente. Medio millón de jóvenes, lo que equivale a 500 mil muchachos y muchachas, no van a la escuela en Argentina.

No es que hablamos de ir a la escuela porque sí, como se va a un museo o al cine. Lo que estos chicos merecen y necesitan es formación y educación.

Ir al colegio debe ser una realidad para todo joven, así como recibir educación integral y de calidad en todos los ámbitos.

En ese sentido es que la educación es formal como no formal. El colegio, institutos universitarios y centros de capacitación profesional son espacios formales de enseñanza y aprendizaje.

Pero también se educa en un deporte, en un juego  y en una merienda. La educación consiste en que el joven disponga de herramientas para construir su futuro , en función de sus capacidades, sus decisiones y sus elecciones. Sistema preventivo , ni más ni menos.

La formación, formal o no formal, sí o sí es integral. Contenidos y valores van de la mano. En la escuela se enseña sobre matemáticas y lengua, pero también el respeto, la estima y la interacción con los pares.

En un deporte se explican las reglas y la forma de practicarlo, así como la solidaridad, el compañerismo, el apego a esas reglas, la honestidad.

Muchos tuvimos la suerte de contar con una escuela y tal vez incluso una carrera universitaria, junto con espacios deportivos o recreativos donde nos divertíamos y aprendíamos.

La normalidad debe ser que todo joven viva esa realidad. De allí nace el impulso de promover centros de formación profesional , propuestas recreativas , espacios de crecimiento y cuidado e instituciones educativas.

La educación no es un bien de privilegio ni algo que se compra. Es un derecho humano. Como tal, corresponde a todos. La próxima vez que la maestra o el profesor tomen lista no debería faltar ni un nombre.

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