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23 de septiembre, 2017

El fútbol, una puerta para soñar jugando

Honorato Alonso, salesiano español, organiza desde hace 35 años la mayor liga infantil del oeste de la República Democrática del Congo. Cien equipos y 1.600 niños disputan un campeonato en que el principal objetivo es educar. Responde siempre con una sonrisa tímida y un leve gesto de mentón.

A Honorato Alonso le conocen todos los congoleses de a pie porque él es uno de ellos. En 1981 dejó su Burgos natal (España) y se instaló en Goma, en el este de República Democrática del Congo, al frente de la Congregación Salesiana de Don Bosco. Ya no se marchó. Aquel mismo año, con 31 recién cumplidos, organizó una liga de fútbol infantil gratuita y abierta a todos. Fue una revolución: llegaron cientos de jóvenes de todos los barrios cercanos. El campeonato ya es una leyenda. El año pasado cien equipos y 1.600 niños participaron en el mayor campeonato para chicos de entre 9 y 15 años del este del país. En la liga, que se juega en el campo de fútbol de la escuela Don Bosco, se mezclan todas las etnias y clases sociales de la ciudad. Por las calles de Goma muchos hinchan el pecho de orgullo: “Yo también jugué en la liga de Honorato”. Al entrar al terreno de juego y verlo abarrotado de niños al misionero burgalés se le ilumina la mirada. A él el fútbol no le interesa especialmente, pero sí su poder:

“El deporte tiene una gran influencia en los niños y jóvenes, así que lo utilizo para transmitir valores como jugar en equipo, puntualidad, respetar al árbitro y al rival o lidiar con la frustración. Según qué contextos, aprender a saber perder es clave”. El campeonato, fraccionado en tres divisiones según la edad, tiene el alma pedagógica incrustada en el reglamento: las victorias suman tres puntos, los empates dos y las derrotas uno. “Participar implica sumar, sólo se dan cero puntos si se han hecho trampas, llegan tarde o hay juego sucio. Y al segundo incidente, son expulsados”, explica el religioso. Los equipos se bautizan con nombres de clubes europeos o inventados como Barcelona, La Pulga Sport, Arsenal o Real Cristiano. En una habitación de material, justo al lado de donde da clases de electrónica durante la semana, Honorato muestra las fichas oficiales de los equipos.

En una hoja de libreta cuadriculada una letra de niño indica los nombres de los jugadores del Shalk-04 (sic) y los apodos de cada jugador. “Se saben los nombres de todos los futbolistas —explica Honorato— y les gusta ponerse el nombre de sus ídolos”. En Congo, Pascal es Messi, Izra es Benzema y Fabrice es Fernando Torres. Y juegan en el mismo equipo. El descampado donde se disputan los partidos es un trozo de la historia de Congo. Situado frente a la alambrada de la base uruguaya de los cascos azules, está a apenas cien metros de la fosa común donde enterraron a decenas de miles de refugiados que huían del genocidio de Ruanda. “El cólera y el hambre... fue terrible”, recuerda Honorato. En el horizonte, se levanta amenazante la sombra del volcán Nyiragongo.

Por todas partes se puede ver la lava solidificada de la última erupción en el año 2002, que destruyó parte de la ciudad y mató a 147 personas. Pero todo eso es pasado y el campo hoy es alegría. Cada domingo el terreno se divide en seis rectángulos, Honorato reparte los balones y diez camisetas por equipo —que deben devolver al final del encuentro— y su silbato ordena el inicio de los seis partidos a la vez. Para Maradona es el mejor momento de la semana. Durante el resto de días se llama Junio Kitibito, pero en cuanto se calza las botas se convierte en una estrella argentina de quince años. Su equipo Coeur de lion (Corazón de león) no va muy bien, pero no se rinden: “Honorato nos dice que aunque sea difícil hay que luchar; a veces el rival es mejor, pero no hay que rendirse”. Algunos juegan con zapatos rotos y otros con botas, pero nadie protesta ante la adversidad. El premio es jugar.

De hecho, la recompensa para el equipo ganador es poder llevarse la camiseta y la copa durante un día a casa. Después de hacerse fotos con el trofeo y pasear orgullosos sus colores por el barrio, deben devolver el material a la mañana siguiente. “No tenemos muchos medios —subraya Honorato—, así que damos el mismo trofeo cada año y algunas camisetas son de hace diez años”. La ilusión con la que juegan los niños es contagiosa. El descampado es irregular y tiene partes de hierba y tierra aquí y allá, pero todos persiguen la pelota como lo más importante de su vida. Para Innocent Sangano, que juega en Brasil, la liga de Don Bosco no sólo le ha enseñado disciplina y compañerismo, también le ha dado uno de los días más felices de su vida. Una vez llegaron a la final y ocurrió casi un milagro: fueron sus padres a verle jugar. Ni siquiera dice si ganaron el trofeo porque eso le da igual. “Ese día había cientos de personas y ellos estaban allí. Jamás habían venido a verme. Me sentí tan orgulloso que casi me pongo a llorar”.

Fuente: LA VANGUARDIA

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