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29 de agosto, 2017

El viaje de egresados, desafío y oportunidad

En la puerta de los colegios secundarios de todo el país el panorama es similar: promotores de empresas se acercan a conversar con los alumnos de cuarto o quinto año. El viaje de fin de curso une a es

En la puerta de los colegios secundarios de todo el país el panorama es similar: promotores de empresas se acercan a conversar con los alumnos de cuarto o quinto año. El viaje de fin de curso une a estudiantes de distintas regiones de la Argentina, al tiempo que interpela y desafía a jóvenes y adultos.

¿Todos a Bariloche? Aunque los primeros grupos de muchachos y chicas comenzaron a viajar en los años cincuenta, fue en la década del setenta con el programa “Feliz domingo para la juventud”, que se terminó de popularizar la modalidad y el destino: un viaje para todo el curso a San Carlos de Bariloche. El fenómeno, que no es minoritario, no distingue entre escuelas de gestión pública o privada, credos o estratos sociales. Según información de la Secretaría de Turismo de Bariloche, un promedio de 100.000 estudiantes visitaron la ciudad cada temporada durante las últimas dos décadas. Los años de la crisis económica de 2001 muestran las marcas más bajas, mientras que en los últimos tiempos la cantidad de visitantes se estabilizó alrededor de los 120.000 chicos y chicas.

Si tenemos en cuenta que, para 2015, la matrícula a nivel nacional del último año del secundario era de 470.000 alumnos, se puede concluir que uno de cada cuatro adolescentes visita Bariloche. A estos estudiantes se suman aquellos que eligen otros destinos nacionales o, en menor medida, internacionales. En algunas zonas del país, el viaje de fin de curso se superpone además con la realización de la fiesta de egresados —a veces, en grandes locales bailables—, la compra de un buzo y, más recientemente, el festejo del “primer último día”. Así se configura un panorama donde los jóvenes solo se constituyen como protagonistas en la medida en que pueden ser sujetos de consumo. El viaje de egresados no es la excepción. La mayoría de las veces su planificación y organización quedan exclusivamente reducidas a lo que ofrecen las empresas de turismo. Esto hace que el factor económico sea determinante.

De acuerdo a las cifras obtenidas un paquete tipo contratado en julio de 2017 para viajar al año siguiente cuesta entre $30.000 y $35.000. A esto se le suma la vestimenta, el equipamiento y demás gastos “Muchos lo esperan con ansias, como una oportunidad única en sus vidas. Por lo que charlamos, el ‘viaje’ es la promesa de jornadas extenuantes de diversión, noche, alcohol y ‘descontrol’—comentan docentes de la obra salesiana Pío X, de Córdoba—, pero también de recuerdos, amistad, paisajes únicos. Muchos lo toman como si fuera el fin de un ciclo y el inicio de otro: de la adolescencia a la juventud”.


El licenciado Miguel Espeche, psicólogo y psicoterapeuta, reconocido especialista en temas de familia opina que el viaje de fin de curso se podría pensar como algo bastante natural. “Todas las culturas tienen rituales de pasaje. El fin de curso significa algo así como el paso a una nueva etapa de la vida. Requiere algún tipo de celebración y eso es muy positivo. Pero eso que es genuino puede ser malversado por el consumismo como elemento para evaluar la gestión paterna: uno es buen padre si satisface todas las ansias a sus hijos. Es bueno hacer algún tipo de celebración, y esto implica algún esfuerzo, pero tampoco exagerar y caer en cuestiones excesivas”. Asimismo, algunas familias desaprueban la participación de los hijos, entendiendo que no es una propuesta positiva para su desarrollo. Y allí muchas veces pueden surgir los enfrentamientos con sus hijos, los compañeros e incluso otros padres. Dice Espeche: “Hay una gran presión para hacer viajes que están muy estandarizados, un ‘tipo’ de diversión, con la cual el padre no tiene por qué estar de acuerdo. A veces implica una dolorosa puesta de límites.” En otras familias la perspectiva es diferente “saben que el hijo tarde o temprano se va a enfrentar con estas situaciones, y su protección dependerá de lo que tenga incorporado del mensaje educativo de sus padres y del colegio, y no tanto del aislamiento”.

Padres que se acercan

Para el especialista, el viaje de fin de curso no es “zona liberada”, donde los padres desertan de su función: “Si están eclipsados esos valores, es un doloroso momento para ver que algunas cuestiones del proceso educativo han sido fallidas. Pero también para ir corrigiendo eso. Lo divertido del viaje de egresados no es la ausencia de las enseñanzas paternas, sino la posibilidad de poner en juego esas enseñanzas de una forma más autónoma”. El viaje de fin de curso puede presentarse entonces como una oportunidad de reflexión sobre las formas de “pasarla bien”, y poner en el centro qué se quiere celebrar: la alegría por el camino recorrido juntos y la finalización de una etapa muy significativa. “No debemos ser ‘sospechadores seriales’ de lo que van a hacer los hijos —agrega Espeche—, lo cual no significa que uno sea ingenuo. Valorar que tengan más alegría que afán de descontrol. Ese es el ‘arte’ de todos los adultos”. Esto se traduce también en el seguimiento de las propuestas de las empresas y en no delegar en los hijos esta tarea: “Se los escucha, se tiene la intención de acercarse lo más posible a sus deseos, pero la última palabra, el ‘as de espadas’, es importante que lo tengan los adultos”.

Celebremos…


Los chicos viven con mucha intensidad el ritual que rodea al viaje. Pero eso no significa tirar por la borda lo enseñado por parte de los padres y la institución a la que pertenecen. Explica Espeche: “Es dañino pensar que la libertad es descontrol; se trata de abrir algunas tranqueras y confiar y sentir el viento de la vida y la aventura de la vida a través de un viaje. ¿Pero se aprovecha a full un viaje cuando uno está pensando que se termina la buena vida y que lo que viene es un horror? No, porque lo que rige la acción es el miedo y no la alegría. Está bueno que los padres y adultos demos ejemplo con una sonrisa en la cara, y con una vida lo más digna y feliz posible, hay vida más allá del final de curso”. Ahí parece estar la clave frente a este tipo de propuestas, no se trata de reprochar a los chicos y a las nuevas generaciones. Debemos cuestionarnos “qué hemos hecho nosotros como para que los chicos crean que se termina la buena vida—se pregunta el especialista—. Los adultos con esto de describir permanentemente en forma negativa la realidad y ser hipercríticos no ayudamos y enseñamos cómo ser alegres. Y justamente hoy hay que enseñarles a los chicos a llevar adelante su propia alegría”. Al fin de cuentas el fin de curso significa el paso a una nueva etapa de la vida.

Fuente: Boletín Salesiano

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