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NOTICIAS / Acciones sociocomunitarias

29 de agosto, 2017

Estamos en contacto

“El problema surgió por el grupo de WhatsApp. Se enojaron por un comentario del Instagram. La publicación del Twitter fue ofensiva, ellos siempre faltan el respeto…”, se suele escuchar. La comunicació

“El problema surgió por el grupo de WhatsApp. Se enojaron por un comentario del Instagram. La publicación del Twitter fue ofensiva, ellos siempre faltan el respeto…”, se suele escuchar. La comunicación entre jóvenes y adultos en tiempos digitales registra otros códigos.

Lejos y hace tiempo nos encontrábamos discando —o quizás marcando— un número que solíamos recordar de memoria para comunicarnos con aquella persona con la que teníamos ganas de hablar, a través de un maravilloso invento: el teléfono. Si del otro lado nadie atendía la llamada, suponíamos que no estaba y fin del asunto. Volveríamos a llamar más tarde o tal vez, si tenía contestador, dejaríamos un mensaje, esperando que nos devolvieran la llamada.

No pasaron tantos años, y sin embargo, el mundo de la comunicación se transformó y, con él, nos hemos transformado nosotros, aunque en el fondo continuemos teniendo el mismo deseo de conectarnos con otros, de amar y de sentirnos amados.

Analógicos y digitales

Desde hace un tiempo, en la mayoría de los encuentros en la escuela donde se produce un conflicto, están involucradas las redes sociales. Sea entre alumnos, entre adultos, profesores y alumnos, padres e hijos… la combinación es infinita. Cuesta comprender la complejidad de este nuevo universo, sobre todo para los adultos que venimos de la era “analógica”.

Estas nuevas herramientas permiten conectarse en cualquier momento con personas que se encuentran del otro lado del mundo, y paradójicamente, cada vez más con chicos manifiestan sentimientos de soledad, marginación, aislamiento. No somos los únicos que observamos esta realidad, ni siquiera los primeros. La publicidad de una empresa de celulares Desconectar para conectar (2010, disponible en YouTube), proponía “desconectarnos”. Aunque venden telefonía móvil, pero saben que aunque nos inviten a desconectar y compartir con otros mirándolos a los ojos, sonriendo, bailando… igualmente vamos a necesitar esa “minicomputadora” que llevamos con nosotros todo el día. Con esta mirada, no pretendemos demonizar la tecnología, porque entendemos que puede ser muy útil: acorta distancias, nos salva de muchos problemas, nos conecta en cualquier momento y en cualquier lugar, nos ayuda a organizarnos. Estamos buscando otro tipo de reflexión: entender sus usos y costumbres nos ayudará a estar más cerca de nuestros pibes y ser más conscientes de nuestras propias conductas.

Una intimidad distinta

Usamos muy poco el celular para realizar llamadas. Whatsapp, Facebook, Instagram y Snapchat son las aplicaciones más utilizadas, junto al correo electrónico y muchas otras más. Los niños y adolescentes generaron habilidades para manejar la telefonía móvil que sorprenden a los adultos, pero que tienen que ver más con su código antes que con una conversación cara a cara. Cuando nosotros queremos meternos en su universo de códigos, es probable que nos encontremos perdidos.

En el libro Cyberbullying, de María Zysman (2017), la autora plantea algunos cambios con respecto a las redes sociales y el desarrollo de la identidad, la sexualidad y la intimidad. La identificación grupal ya no se da solamente por compartir gustos e intereses, también se percibe a partir de la publicación, por ejemplo, de fotos parecidas: “Nada es casual en una selfie”. Encontrarse en las imágenes de los otros es un elemento clave en la construcción de la identidad. Si nadie lee, nada tiene sentido. Lo que antes se reducía al espejo o al contacto “cuerpo a cuerpo” con el novio o la novia, ahora se amplía al mundo de la imagen digital. La intimidad para los chicos de hoy es diferente que la “intimidad analógica” que conocimos. Los espacios de los que se apropiaron son defendidos a capa y espada: si entramos, ellos se van.

Conocer los riesgos…

Lejos de buscar un enemigo en las redes sociales, lo que proponemos es la toma de conciencia sobre los riesgos que conllevan, al igual que otras herramientas. Algunos de ellos podrían ser: La inmediatez: en las redes siempre se encuentra algo que hacer, siempre hay alguien disponible. El efecto calmante: en la red no nos aburrimos. Solemos mirar la pantalla para pasar el rato, para distraernos. Si algo se transforma en monótono, aparecerán cambios de apariencia, nuevas funciones y aplicaciones. La exposición: ¿sabemos realmente quién está del otro lado? La huella digital: todos los datos que ofrecemos en las redes están disponibles en cualquier momento, aún varios años después. Son prácticamente imposibles de borrar. El cyberbullying: es el uso de las redes sociales para ejercer acoso psicológico entre iguales, en cualquier momento y lugar. El grooming: son las conductas deliberadas de un adulto para ganarse la confianza de un menor, disminuir sus inhibiciones y poder abusar sexualmente de él. … y hacernos cargo 


¿Cómo nos manejamos los adultos con las redes sociales? Muchas veces esperamos que los chicos adquieran conductas que nunca les enseñamos. Si mientras jugábamos con ellos hacíamos además múltiples tareas, como ver la televisión, cocinar o trabajar… ¿por qué pretendemos que ellos, de manera natural, dejen el celular cuando nosotros queremos que compartan tiempo con nosotros? ¿Acaso no les enseñamos a entretenerse con pantallas cuando necesitábamos estar tranquilos por un rato? ¿Qué mostramos de nuestros hijos? Actualmente ha surgido un nuevo término, el shareting, que define a las publicaciones que los padres hacen de sus hijos, a veces de manera constante, en las redes sociales. ¿Por qué compartir la foto de cuando se bañaba nos parecía simpático? ¿No estamos violando su intimidad? ¿Cómo le explicamos el cuidado de lo íntimo cuando nosotros ya sobrepasamos esa barrera? ¿Qué podemos hacer para prevenir? “Si quieres cambiar el mundo, empieza por tí”, decía Gandhi. Y aunque parezca una frase hecha, continúa teniendo valor. Si queremos prevenir conductas, nosotros debemos empezar a cambiar las nuestras.

Siempre hay algo para hacer

Frente al desafío de educar y educarnos en el uso de las redes sociales, los adultos tenemos a disposición varias estrategias y actitudes para trasmitir a los chicos y jóvenes:

  • El diálogo. No vamos a hablar de recetas mágicas. Pero todos tenemos claro que un espacio de diálogo abierto, sincero y coherente ayuda siempre. Con los adolescentes, más aún.
  • Pautar reglas claras. “No vas a usar nunca más el celular” es algo que no podremos sostener. Seamos claros con los horarios y los espacios: “en la mesa el celular no se usa”, por ejemplo… pero no lo usa nadie, ni los chicos ni los adultos.
  • No menospreciar ni sobredimensionar. Si un adolescente se siente dolido porque un amigo no lo sigue en las redes, porque no “megusteó” su publicación, o porque no le contesta… para ellos no es una pavada. Les duele, se entristecen, les afecta. Seamos respetuosos de sus emociones. Tampoco exageremos ante otras situaciones: una broma puede ser sólo eso, no siempre es una agresión encubierta. Confiemos en su interpretación del código juvenil.
  • No ser cómplices. Cuando cometen un error, no busquemos ocultarlo. Ayudémoslo a solucionarlo.
  • Acompañar, no resolver. Son ellos los que deben solucionar sus inconvenientes. No pidamos nosotros la tarea en el grupo de padres: que ellos se hagan responsables de la situación.
  • Tengamos confianza y respeto por la privacidad. Es probable que nos enteremos por las redes si nuestros hijos están tristes o angustiados. Sí, puede funcionar como el “diario íntimo” que los adultos de hoy usamos en nuestra adolescencia. Respetemos eso.El teléfono móvil es parte de su identidad, su vida privada.
  • Educar en la frustración y en la espera. No tenemos porqué agradarles a todos, caerles bien a todos los compañeros. Si alguna persona no te sigue en las redes, no comparte tus publicaciones, puede ser que no le interese. Y está en su derecho de elegir. Los aliviamos si les expresamos estas ideas centrales con claridad.
La comunicación siempre es real, independientemente del medio en que ocurra, porque sus efectos son reales. Conocer los riesgos permite prevenir las consecuencias y sacar el mejor provecho de todos sus beneficios y posibilidades.

Fuente: Boletín Salesiano

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