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NOTICIAS / Acciones misioneras y pastorales

29 de agosto, 2017

“Jóvenes, ¡la felicidad no es un sofá!”

En el mes de julio de 2016 el Papa Francisco viajó  a Polonia y mantuvo un encuentro con miles de jóvenes de diferentes países que se concentraron en el Campus de la Misericordia, de Cracovia, el escenario central de días de fiesta. Algunos era la primera vez que se encontraban en un evento de semejante magnitud, otros todavía tenían fresca la cita anterior en Río de Janeiro. Las emociones eran las mismas.

Cada uno de los allí presentes podía mirar a su alrededor y encontrar una infinidad de banderas nunca imaginada. Paradójicamente, allí no había conflictos ni peleas, ni siquiera discusiones. Esa convivencia armónica es la que Francisco se dedicó a observar y a la que aludió en su mensaje. Pero eso llegó después. Primero, fue el turno de algunos jóvenes que también desde arriba del escenario relataron sus historias de vida. El Papa eligió trazar un paralelo entre ellas y las vivencias de los apóstoles el día de Pentecostés, señalando que tanto los primeros como en este caso los segundos sintieron el miedo en carne propia. A partir de ello, Francisco comentó: “El miedo sólo conduce a un lugar. El encierro. Y siempre va acompañado por su ‘hermana gemela’, la parálisis. Sentir que en este mundo no hay ya espacio para crecer, para soñar, para crear, para mirar horizontes —en definitiva para vivir—, es de los peores males que se nos puede meter en la vida. La parálisis nos va haciendo perder el encanto de disfrutar del encuentro, de la amistad; el encanto de soñar juntos”.

Dejar la “sofá-felicidad” Enseguida Francisco siguió profundizando en este sentido, y siempre con un lenguaje actual y cercano para los jóvenes, explicó que “en la vida hay otra parálisis todavía más peligrosa y muchas veces difícil de identificar, que nace cuando se confunde ‘felicidad’ con un ‘sofá’. Un sofá que nos garantiza horas de tranquilidad para trasladarnos al mundo de los videojuegos y pasar horas frente a la computadora. Un sofá que nos hace quedarnos en casa encerrados, sin fatigarnos ni preocuparnos”. A este tipo de felicidad el Papa la definió como la “sofá-felicidad”, y la caracterizó como una parálisis silenciosa y al mismo tiempo perjudicial: “Poco a poco, sin que nos demos cuenta, nos vamos quedando dormidos, embobados y atontados mientras otros —quizás los más vivos, pero no los más buenos— deciden el futuro por nosotros”.

“Poco a poco, sin que nos demos cuenta, nos vamos quedando dormidos, mientras otros —quizás los más vivos, pero no los más buenos— deciden el futuro por nosotros”. Los jóvenes, por su parte, escuchaban atentamente cada una de las palabras con las que Francisco describía una realidad tan concreta a la que resultaba fácil cargarla de rostros y nombres. Sin embargo, propio de su estilo, el Papa no se limitó a describir ni a criticar el tiempo presente, sino que continuó: “La verdad, queridos jóvenes… no vinimos a este mundo a ‘vegetar’, a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca. Al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella. Pero cuando optamos por la comodidad, por confundir felicidad con consumir, entonces el precio que pagamos es muy, pero muy caro: perdemos la libertad. Ahí está precisamente una gran parálisis, cuando comenzamos a pensar que felicidad es sinónimo de comodidad, que ser feliz es andar por la vida dormido o narcotizado”.

El obispo de Roma continuó: “Amigos, Jesús no es el Señor del ‘confort’, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados, por caminos que abran nuevos horizontes… los caminos de nuestro Dios, que nos invita a ser actores políticos, pensadores, movilizadores sociales. Que nos incita a pensar una economía más solidaria. El amor de Dios nos invita llevar la Buena Nueva, haciendo de la propia vida un homenaje a él y a los demás. (…) Cuando el Señor nos llama, no piensa en lo que somos, en lo que éramos, en lo que hemos hecho o dejado de hacer. Al contrario: está mirando todo lo que podríamos dar, todo el amor que somos capaces de contagiar. Su apuesta es al futuro”. El Campus de la Misericordia estaba repleto de jóvenes, pero Francisco tenía en claro que su mensaje no iba dirigido sólo a los presentes, sino también a millones más, que en diferentes partes del mundo recibirían su mensaje. “Dios espera algo de ti. Te está invitando a soñar, te quiere hacer ver que el mundo con vos puede ser distinto. Eso sí, si vos no ponés lo mejor de vos, el mundo no será distinto —advirtió el Papa—. El tiempo que hoy estamos viviendo necesita jóvenes con los botines puestos. Sólo acepta jugadores titulares en la cancha, no hay espacio para suplentes. El mundo de hoy les pide que sean protagonistas de la historia porque la vida es linda siempre y cuando  queramos vivirla, siempre y cuando queramos dejar una huella. La historia hoy nos pide que defendamos nuestra dignidad y no dejemos que sean otros los que decidan nuestro futuro”.

“No vinimos a este mundo a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca. Al contrario, hemos venido a dejar una huella”. Para finalizar, el Papa expresó con contundencia y claridad: “Hoy Jesús te llama a dejar tu huella en la vida, una huella que marque la historia, que marque tu historia y la historia de tantos”.  Hacer historia, como expresó Francisco, ya queda en manos de cada uno.

Fuente: Boletín Salesiano  

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