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NOTICIAS / Educación

16 de agosto, 2017

Las ganas de aprender, la opción de educar

Ximena y Matías viven en el mismo barrio y comparten las mismas carencias. Sin embargo, ambos saben que prepararse para entrar al mundo del trabajo es clave para acceder a una vida más digna.

Ximena se levanta como todos los días a las seis de la mañana, camina por las calles de tierra de su barrio y llega hasta la parada del colectivo. Mientras espera no puede evitar la sonrisa, está feliz y también orgullosa, este año terminará la secundaria y será la primera de su familia que tendrá el título; el año que viene empezará enfermería. Como todos los días pero a las seis de la tarde, Matías empuja el carro y junto con su padre recorre esas calles asfaltadas, tan diferentes a las de su barrio, buscando cartones. Sabe que es la única manera de ayudar a la precaria economía familiar, algunos de los vecinos ya lo conocen y hasta lo saludan, pero la mayoría lo ignora como si fuera invisible. Mientras revuelve entre las bolsas de basura, piensa que su presente no le gusta pero el futuro lo aterroriza; en sus oídos retumba un dicho de su padre: “el que no tiene cabeza para estudiar tendrá lomo para aguantar”. Volver a mirarnos y si hay algo que Matías sabe bien es que tiene fuerzas para aguantar pero también quiere demostrar que tiene cabeza para estudiar, por eso tímido pero decidido se anotó en un centro de formación de los salesianos que conoció gracias a Lucio, un pibe con el que cartonean en la misma zona. En esas aulas Matías encontró no solo un lugar de capacitación, también un espacio donde tenía un nombre, una historia y, principalmente, un futuro. Sus profesores lo alentaron no solo a realizar el curso de carpintería, también a terminar el primario y completar el secundario. Lo ayudaban con las materias, le cebaban un mate cuando cabeceaba entre los libros, le repetían las explicaciones, le preguntaban por sus hermanos cuando estaban enfermos, lo cargaban cuando perdía Boca y, sobre todo, lo fueron a buscar a su casa ese día feriado que cansado quiso largar todo. Así fue como se recibió de técnico electricista.

Las historias de Matías y de Ximena se entrecruzan con la de cientos de jóvenes y adolescentes que todos los días participan de los centros de formación de la Obra de Don Bosco. “En nuestros centros estos jóvenes comienzan a visibilizarse frente a estructuras de invisibilización, recuperan su dignidad frente a tanto ninguneo identitario, logran desplegar su creatividad frente a tanta rigidez social y, sobre todo, vuelven a apasionarse por la vida”, sostienen los sacerdotes y laicos que trabajan en ellos. Por ellos, para ellos El corazón de la vida de los salesianos, la congregación fundada por San Juan Bosco, son los adolescentes y los jóvenes más pobres, los “invisibles”, los “ninguneados” que llegan hasta los centros de formación buscando encontrar la dignidad que les arrebataron. La familia salesiana propone un proyecto de promoción integral que tiene como horizonte el universo del trabajo, porque como ellos mismos señalan: “Este binomio educación-trabajo tiene que ver fundamentalmente con poner de relieve los valores que humanizan a las personas desde la acción al servicio del hombre por la justicia y la promoción social, la lucha contra la pobreza y la reforma de las estructuras sociales injustas que la provocan”.

Como Don Bosco enseñó, los salesianos saben que la educación y el trabajo ponen en movimiento las potencialidades, capacidades intelectuales, manuales, emotivas y espirituales de cada persona y así cada uno logra ser protagonista de sus trayectos y horizontes vitales. Ximena y Matías son conscientes de que por “portación de cara” o simplemente por el domicilio que figura en su documento quizá les resulte más complicado conseguir trabajo. Por eso es que el carisma de la obra salesiana nos lleva a vincularnos con propuestas educativas donde los jóvenes y adolescentes se van “des-invisibilizando”, desarrollan su capacidad de resiliencia y donde fundamentalmente vuelven o comienzan a sentirse queridos y respetados. Así es como cada noche, cuando los cientos de Ximenas y Matías que pasan por los centros de formación salesianos vuelven a su barrio o a la villa, como la conoce y llama la mayoría, nadie puede arrebatarles esa alegría profunda que sienten porque saben que están capacitados para insertarse en el mundo del trabajo y esto les posibilitará una vida más digna, más humana y, sobre todo, nunca más serán invisibles.

Facundo Arriola
Delegado de Pastoral Juvenil

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