Desigualdad, la barrera silenciosa

La inequidad mundial sigue creciendo y sólo la toma de conciencia y la acción de cada uno puede romper con esta “normalidad”.

Un chico sale con sus padres a buscar entre la basura mientras otro va con mochila llena a la escuela. Ya más grande, el primero sigue recorriendo las calles y soporta otro día sin cenar, mientras el otro sale de la secundaria y se va a comer afuera con los amigos.

Con el tiempo se hacen mayores. El primer chico creció: la vereda hoy es su cama, donde acumula todo lo que pudo “cartonear” durante el día. El segundo chico también alcanzó la adultez: su familia se hace presente en la entrega de su diploma universitario y se preparan para verlo triunfar en el mundo laboral.

Los llamamos primer y segundo chico, sin nombres, porque se puede invertir el papel de cada uno, que el primero lleve la vida del segundo y viceversa: seguramente resulte la misma historia. Porque no los diferencia su capacidad, su entusiasmo ni su esfuerzo. ¿Qué hace diferente la vida del primer y segundo chico/joven/adulto? La desigualdad.

La mitad de los chicos y chicas argentinos son pobres y sus hogares no pueden costear la canasta básica de alimentos y servicios.

De ellos, 1,3 millones de jóvenes, el 10,8 % de la población menor de edad, crecen en la pobreza extrema .

Son números altos y la situación no muestra una mejoría ya que, según la UCA, la desigualdad social viene aumentando desde 2011 en Argentina. No solamente impactan los números, sino también que éstos se distribuyen de distinta manera según la zona geográfica del país y de las ciudades.

No es algo ajeno al mundo. A nivel global también es cada vez mayor la brecha entre los que más tienen y los que más necesitan: el 1% más rico tiene más poder adquisitivo que el resto de la población en conjunto.

Esto hace que las oportunidades no sean las mismas para todos. Uno no elige dónde nacer ni en qué situación social y económica. Desde ahí, si la moneda cayó del otro lado, el camino se puede hacer cuesta arriba.

¿Significa que el que nació en una realidad vulnerable está perdido? Para nada. Sí quiere decir que parte con dificultes que ni dependen de él o ella.

La desigualdad es un obstáculo silencioso que pasa desapercibido. O está aceptado. A menos que cambiemos el paradigma. Desde lo pequeño, como no aceptar como algo natural el ver a alguien en la calle, hasta acciones más grandes, que ayuden a que el otro, en su vida, no tenga menos chances que uno mismo.

La inequidad existe tanto entre países como al interior de ciudades e, incluso, barrios. El rascacielos al lado de la villa miseria o el paredón que separa a “la gente bien” del barrio carenciado son imágenes tan conocidas como naturalizadas y tremendamente violentas.

¿Por qué un chico tiene que ver a otro con un cuaderno en la mano cuando él tiene una herramienta del taller? Ambos deberían poder estudiar y después elegir el camino que seguirá su vida. Y no que la vida elija por ellos.

Porque el problema de la desigualdad no afecta sólo al principio de la vida, sino que se va agrandando. El chico que no pudo estudiar no se podrá formar profesionalmente y eso no le permitirá acceder a un trabajo, hasta llegar a la edad en que hasta se le dificultará vivir una jubilación estable.

Ni hablar en el medio de los escollos para lograr otros accesos, como a la salud, así como estigmatizaciones y prejuicios que debe cargar en la espalda y en los oídos.

Una sociedad y un mundo equitativos no significan que todos hagamos lo mismo, pensemos igual y recibamos lo mismo aún con distinto esfuerzo.

Significa que todos tengamos las mismas condiciones y que las oportunidades no sean un privilegio. Que nadie arranque con ventaja por la suerte de la vida ni que el doble de esfuerzo signifique la mitad del beneficio.

Todos valemos lo mismo. Gracias a que somos iguales es que podemos ser distintos. Distintos en ideas, en gustos, en elecciones; no en derechos ni posibilidades. De eso se trata.

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