Formación para el trabajo: el poder (de) fabricar la propia vida

A veces es delgada la línea que separa un proyecto de vida de una vida sin proyectos. La formación ayuda a no pisar esa línea y a saber que hay un futuro.

1 de cada 5 jóvenes en América Latina está pasando la situación de no tener trabajo. Sabe también que la tasa de desempleo lo afecta hasta tres veces más que a otros sectores.

En el mundo la situación no es mucho mejor: más de 71 millones de jóvenes entre 15 y 24 años buscan empleo pero lo que encuentran son puertas que se cierran en sus rostros.

Hay quienes creen encontrar la explicación muy rápido. “Si no trabajan es porque no quieren”, “ellos eligen drogarse y robar”, “es su culpa, ése pibe es un vago” son ideas que, aún a veces inconscientemente, están más o menos naturalizadas en la cultura.

¿Pero hay alguien que haya nacido sabiendo hacer algo? ¿Los futbolistas nacieron y ya sabían jugar o tuvieron que pasar por instancias formativas? ¿El chef más reconocido del mundo de niño hacía la mejor masa o fueron necesarios cursos y práctica durante años?

Da Vinci no hubiera pintado la Mona Lisa si nunca hubiera tenido un pincel en sus manos ni se hubiera formado, como tampoco Al Pacino hubiera brillado en tantas películas si alguien no le hubiera enseñado a actuar. Ni, yendo a lo cotidiano, los arquitectos que diseñaron nuestras casas lo hicieron por iluminación sin haber aprendido antes con mapas y planos.

Entonces… ¿cómo podríamos esperar que los jóvenes construyan el futuro, como les pedimos, si no se les brindan las herramientas para hacerlo? ¿Cómo queremos que formen la sociedad que viene si no tienen la oportunidad de formarse ellos primero?

Una vida de consumo de drogas o donde se robe por diversión es una vida donde el futuro ni se piensa porque no hay ningún plan para el mismo. Del otro lado, una vida basada en el trabajo responsable a diario o donde se elija formar una familia responde a que hay un proyecto de vida que se quiere cumplir.

A veces, lo que separa esos dos extremos no es más que una delgada línea. Y esa delgada línea tiene un nombre: oportunidad.

La oportunidad la aporta la educación. Y la construye también la formación para el trabajo.

Formación significa “acción y efecto de dar forma”. Dar forma a un armario de madera, por ejemplo. O dar forma al pan en el horno. Pero también algo más: dar forma a la propia vida.

¿Y cómo se da forma a la propia vida? Teniendo un proyecto, soñando un futuro y sabiendo que lo que decidamos y hagamos día a día será para llegar a él.

La formación para el trabajo es la herramienta para hacer posible ese futuro. La formación es oportunidad porque permite que los jóvenes aprendan oficios y se capaciten para realizar tareas que les permitan llevar una vida digna.

La ONU afirma que para lograr el objetivo de crecimiento económico mundial sostenido e inclusivo para 2030 se deberían crear 600 millones de empleos (40 millones por año). Para eso, entonces, hay que formar. Porque el crecimiento de una sociedad depende del desarrollo integral de cada persona que es parte de ella.

El Centro Albergucci en Buenos Aires, el CFP “San Juan Bosco” de San Justo y la Escuela Agrotécnica Salesiana Ambrosio Olmos cordobesa son espacios donde ingresan jóvenes con ganas, capacidades, una identidad y una historia de vida y salen los mismos jóvenes que sumaron a todo eso conocimientos y el aprendizaje para desarrollar distintas tareas.

Así como esos tres, hay múltiples centros impulsados por Don Bosco en Argentina y el mundo, cada uno con un nombre distinto y diferentes especialidades, pero todos con el mismo final de película: cada joven egresado tiene un proyecto de vida y hacia él camina.

 

 

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